Por: Onaisys Fonticoba Gener
Si algo queda claro a solo unos días de haber comenzado el festival Habanarte, es que Cuba es una isla cargada de talento. Cualquier actividad escogida al azar demostraría ese punto. Ya sea la plástica, la danza, las artes escénicas, la música…, en cada manifestación destaca el virtuosismo de sus protagonistas, unido a un innegable sello de cubanía que realza sus interpretaciones.
Tal es el caso del teatro, que en esta tercera edición del evento propone obras como “1959”, de la compañía Ópera de la Calle; “Otra vez Jehová con el cuento de Sodoma”, de Pequeño Teatro de La Habana; “El maletín azul” (monólogo), del grupo Te-Atro del Instituto Superior de Relaciones Internacionales; o “!Guan melón…! ¡tu melón!”, de la compañía El Ciervo Encantado.
Más allá de las diferencias entre una puesta y otra en cuanto al tratamiento de sus temas y desempeño actoral, vale señalar que la recurrencia a elementos comunes terminan enlazándolas en una suerte de anillas. Es así que obras aparentemente opuestas como “El último bolero” —de la compañía Trotamundos, con dirección artística de Verónica Lynn— y “Volvió una noche” —Premio Casa de las Américas en 1991, interpretada ahora por la compañía Rita Montaner bajo la dirección de Fernando Quiñones— terminan por llevar al espectador a una introspección similar sobre los valores familiares, las tradiciones, los prejuicios y —no podía faltar— el amor.
Mientras que la primera se desenvuelve en una casa cubana y revela el encuentro de una madre con su hija luego de 17 años de ausencia, la segunda también proyecta el encuentro entre una madre y un hijo después de 10 años de separación, pero esta vez por la muerte de la progenitora. Aludiendo ambas al humor criollo, aunque sin negar fidelidad a la pieza original —“Volvió una noche” se desarrolla en algún sitio de la Argentina—, abordan la lucha de las nuevas generaciones contra los estigmas y, en un sentido más amplio, la evolución de las sociedades.
La resistencia ante el cambio, la aprehensión de cánones, el idealismo y la trasgresión resultan los verdaderos protagonistas de dos obras que, sobre todo, pretenden fundir su trama con la vida de los espectadores, mostrarles y hacerles cuestionar las filosofías sobre las que esos personajes —que pueden ser cualquiera, incluso ellos mismos— mantienen sus comportamientos.
Mención aparte merece el abordaje de la emigración en la pieza de Trotamundos, tópico que construyeron a partir de “iconos” de ese fenómeno en Cuba como la crisis de los balseros, la irrupción de los cubanos en la embajada de Perú, la “nostalgia” de los emigrados de los sesenta y su visión estática sobre la isla, y el repudio hacia los primeros emigrantes. A esto se sumaron otros temas como la homosexualidad y los tabúes que aún subsisten en torno a ella.
“Volvió una noche” y “El último bolero”, dos obras que, como el propio festival, parecen estar dedicadas por completo a la juventud en tanto utilizan “viejos temas” para proponer nuevas visiones, útiles para todos, pero esencialmente para quienes comienzan a trazar su camino.